Entre maletas cargadas sueños y aspiraciones, decenas de jóvenes talentos españoles abandonan cada año un sistema que, pese a su excelencia técnica, flaquea. Tanto a por la falta de recursos y una gestión administrativa que no entiende de altos rendimientos. Cruzar el Atlántico con destino E.E.U.U no es solo una aventura; para muchos, es la única forma de no colgar las zapatillas antes de tiempo.
El atletismo en España es un deporte de resistencia, pero no solo sobre el tartán. Es una carrera de obstáculos contra la falta de apoyo institucional en esa edad crítica donde los libros empiezan a pesar más que las zapatillas. La batalla se libra en los despachos. La incapacidad de ofrecer un modelo que permita estudiar y correr al más alto nivel sin que parezca una jugada amañada. La solución para muchos tiene nombre de sigla: NCAA de E.E.U.U.

El sistema universitario estadounidense se ha erigido como el «plan de rescate» para una generación que no se siente apoyada en su propio país. Sin embargo, tras el brillo de las becas, late un debate profundo sobre la deshumanización del deportista. Y la sostenibilidad de un modelo que puede devorar al atleta antes de que este alcance su madurez.
“Más que una oportunidad, yo lo vi como la única salida si quería compaginar estudios y deporte”
Para Aaron de Heras tras ocho años desde su partida recuerda con claridad el motivo que le empujó al aeropuerto directo a E.E.U.U. En España, la transición del bachillerato a la universidad suele ser el cementerio de las promesas del atletismo. Los horarios rígidos de las facultades y la falta de una cultura obligan a muchos a bajar el ritmo o, directamente, a colgar las zapatillas. «Lo que más me llamó la atención fue la seriedad y la profesionalidad. Todo está medido para que tú solo tengas que correr y estudiar», confiesa. Es el contraste radical con España, donde el atleta debe hacer malabares para que un catedrático le cambie un examen por una competición. En Estados Unidos, el sistema se dobla para que el deportista brille, porque ese brillo puede ser un activo económico para la universidad.
Esta profesionalización extrema se traduce en servicios que en España son un lujo. Fisioterapeutas permanentes, nutricionistas, gimnasios de última generación y una logística de viajes que nada tiene que envidiar a las ligas profesionales de fútbol. Según los datos de Gonzalo Corrales, experto en la gestión de estas becas. Las universidades de E.E.U.U operan con presupuestos que harían palidecer a cualquier federación europea. Instalaciones que parecen sacadas de una Villa Olímpica y una cultura de competición donde el nivel medio-alto es masivo. No es solo dinero; es una estructura que valida la identidad del deportista.
“Allí eres más un número que una persona. Al final es un negocio: eres el atleta de 3:46 en 1.500 o de 14:15 en 5.000”
Sin embargo, ese paraíso tiene letra pequeña y un frío aroma a oficina de contabilidad. Aaron de Heras es tajante al definir la frialdad del engranaje vivido en E.E.U.U. El sistema no regala becas por altruismo. Cada dólar invertido en un atleta español —que en universidades de élite puede suponer una inversión total de 300.000 euros en cuatro años— debe ser devuelto en forma de puntos para el ranking universitario. «Si tienes esos resultados, existes», sentencia de Heras. Esta deshumanización es el primer gran choque cultural: pasar de ser el joven con nombre y apellidos en su club de barrio, donde el entrenador conoce hasta tus problemas familiares, a ser un activo financiero. Si la marca no llega, la beca corre peligro, y con ella, la posibilidad de terminar los estudios.
“Tenemos todas las condiciones más apropiadas desde mi punto de vista técnico, pero la gente es muy cortoplacista”
Desde la barrera del entrenamiento de élite en España, José Enrique Villacorta ofrece una visión que rompe con el complejo de inferioridad nacional. Para él, España no necesita lecciones de técnica ni de metodología de entrenamiento. El problema, según el técnico, reside en la paciencia y en la estructura social. «Queremos que el resultado sea todo y ya. Y en el atletismo es un trabajo arduo y necesita muchos años de estabilización», asegura. Mientras que en España se suele respetar la progresión biológica del atleta, buscando que alcance su máximo potencial en la madurez (entre los 26 y 30 años), el sistema americano es una máquina de triturar resultados inmediatos. Villacorta señala la transición a la categoría élite como el punto más deficitario en España: el momento en que el apoyo público desaparece y el atleta se queda solo ante el mercado laboral.
“No creo que sea un modelo al que debamos mirar; un corredor de 1.500 tiene que hacer un 3.000 el viernes, un 5.000 el sábado y un 1.500 el domingo”
Villacorta pone el dedo en la llaga al analizar la carga competitiva de la NCAA. Describe con preocupación un sistema donde el rendimiento de equipo prima sobre la salud del individuo. «Ellos buscan un rendimiento, no buscan una progresión de un atleta», advierte. Esta sobreexplotación competitiva es la razón por la que muchos talentos regresan de E.E.U.U con marcas personales estancadas o lesiones crónicas.

Se queman etapas a una velocidad de vértigo para satisfacer las necesidades de puntos de la universidad en los campeonatos regionales. Es la diferencia entre formar a un deportista o explotar un recurso natural hasta agotarlo. Frente a esto, el modelo español de clubes y entrenadores personales, aunque precario en lo económico, protege la longevidad del corredor.
“Tienen competiciones de mucho nivel debido a que son mucha cantidad de gente compitiendo a la vez”
A pesar de las críticas al modelo universitario, Villacorta reconoce un factor en el que E.E.U.U es imbatible: la densidad competitiva. En España, un atleta de élite a menudo se encuentra «solo» en sus marcas, teniendo que viajar miles de kilómetros por Europa para encontrar un mitin que le exija su máximo. En Estados Unidos, la cantidad de atletas corriendo en registros de gran nivel es masiva. Esta competencia interna constante eleva el nivel medio de forma natural. España sufre de una «clase media» del atletismo cada vez más débil. Sin el colchón de las universidades o de una ley de mecenazgo que atraiga capital privado, el sistema español depende casi exclusivamente de subvenciones públicas que son, a todas luces, insuficientes.
“Me gustaría que a los atletas se nos viera más como personas humanas, que se preocupan por los demás, que tienen empatía”
A pesar de la falta de pistas o de becas millonarias, existe algo en el atletismo español que el dólar no puede comprar: la cercanía y el trato humano. Es la queja recurrente de quienes vuelven y el valor que Aaron de Heras más echa en falta del sistema americano. En España, el binomio atleta-entrenador trasciende lo profesional; el preparador es psicólogo, gestor y, a menudo, amigo. Ese «mimo» es lo que permite que atletas nacionales sigan dando sorpresas en campeonatos internacionales pese a entrenar con menos medios. Pero, como se ha demostrado en casos como el de Orihuela, la pasión tiene un límite cuando la infraestructura física y económica se desmorona.
El diagnóstico para el atletismo nacional es complejo. No se trata de copiar su modelo de entrenamiento —que Villacorta considera «absurdo» replicar— sino su capacidad para proveer proteger el estatus del estudiante-deportista. España ya tiene de los mejores del mundo; necesita una gestión que entienda que el deporte de élite no es un gasto, sino una inversión y marca país.
En última instancia, el atletismo en España vive de la resiliencia. Atletas que entrenan en pistas desgastadas y entrenadores que no cobran por las horas extra. Estados Unidos ofrece el escenario de lujo, pero España sigue poniendo el alma y el talento técnico. El reto para la próxima década es conseguir que ese talento no tenga que hacer las maletas para poder, simplemente, seguir corriendo. Como concluye Villacorta, el atletismo es un camino largo. La pregunta es si España está dispuesta a apoyar a sus atletas en todo el trayecto o si seguirá dejando que sean otros quienes recojan los frutos de nuestra cosecha.