A finales del siglo XIX, cuando el deporte moderno comenzaba a abrirse paso en España con gran influencia británica y del crecimiento urbano que se vivía en aquel entonces, Barcelona fue el escenario de un evento que marcaría el kilómetro 0 del atletismo español: la que se conoce como la primera carrera oficial en pista celebrada en el país. 1898, el año donde se sentó las bases de lo que conocemos una disciplina pilar del deporte español, aunque nada que ver con la actualidad.
Gimnàs Tolosa sería el elegido para llevar a cabo dicha actividad, una de las entidades pioneras en la introducción de prácticas deportivas en la ciudad. En un momento donde la gimnasia y el ciclismo empezaban a organizarse en clubes, este gimnasio decidió impulsar una competición atlética inspirada en el modelo británico. Aunque no existía por entonces una federación nacional de atletismo, sí había una clara voluntad de dar forma a esta actividad para que perdurara en el tiempo.
El escenario elegido fue el Velódromo de la Bonanova, inaugurado en 1893. Aunque normalmente se utilizaba para competiciones ciclistas, el recinto ofrecía un espacio cerrado que facilitaba la organización de pruebas atléticas. En aquella época, las pistas de atletismo aún no existían en España, por lo que se escogían los velódromos, ya que servían totalmente para salir del paso. La superficie y el trazado no correspondían con las que actualmente conocemos, pero eran un lugar perfecto para controlar el aforo.
Las pruebas disputadas fueron fundamentalmente carreras a pie. Las distancias, aunque inspiradas en el sistema anglosajón, no estaban completamente estandarizadas como en la actualidad. El cronometraje y la medición se realizaban con los medios técnicos disponibles en aquella época, por lo tanto, eran algo inexactas. Los participantes eran en gran parte, jóvenes vinculados a gimnasios y círculos deportivos de Barcelona y alrededores, deportistas que de alguna manera combinaban el atletismo con otros deportes.
Más allá de los resultados, lo verdaderamente relevante fue lo que significó el evento. Aquella carrera representó el proceso de transición desde las carreras populares hacia una competición organizada bajo criterios deportivos modernos. Se trataba de ordenar y comparar el rendimiento físico siguiendo reglas, una filosofía que definía totalmente lo que era el deporte contemporáneo por aquel entonces.
El contexto social ayuda a entender la importancia que tuvo aquella cita. Barcelona vivía una etapa de crecimiento industrial y cultural. La ciudad se fijaba en Europa y adoptaba con total fluidez las nuevas corrientes que surgían, también en el ámbito deportivo. Apenas un año después, en 1899, se fundaría el Futbol Club Barcelona. El atletismo formaba parte de ese impulso modernizador que entendía el ejercicio físico como herramienta tanto de progreso individual como colectivo.
Aunque la repercusión mediática en el momento fue un tanto limitada, la celebración de la carrera de 1898 abrió la puerta a nuevas iniciativas. En los años siguientes, comenzaron a organizarse más pruebas en Cataluña y, por consecuente, en otras regiones del país. El proceso llegaría a su máximo esplendor con la creación de estructuras federativas que unirían reglamentos y calendarios, consolidando el atletismo como disciplina reconocida a nivel nacional.
Aquella jornada en el velódromo no solo fue una competición deportiva, sino también una iniciativa para darse a conocer. Supuso el primer paso hacia la creación del atletismo en España, un recorrido que llevaría a la construcción de pistas y, con el tiempo, a la obtención de grandes medallas a nivel internacional.
Hoy, cuando miles de atletas compiten cada fin de semana en estadios, resulta un tanto difícil pensar en aquel debut de la disciplina. Sin embargo, gracias a dicho hecho se creó una tradición atlética que lleva perdurando más de un siglo. La carrera de 1898 no fue solo la primera en pista, fue el punto de partida de una historia deportiva de todo un país.